La alarma vibró a las cinco de la mañana, pero me quedé mirando las sombras en el techo de mi cuarto en Ambato antes de levantarme. Afuera, la llovizna andina golpeaba suavemente el vidrio, esa clase de frío que te invita a cerrar los ojos y olvidarte de los senderos. Pero tenía una cita con las faldas del Tungurahua. Preparé el café en silencio, sintiendo el aroma amargo mientras repasaba mentalmente el equipo. No era solo el cansancio físico lo que me preocupaba; era esa niebla mental que me asaltaba a mitad de camino, donde mis piernas subían con fuerza pero mi mente se sentía como si estuviera intentando resolver un crucigrama en un idioma desconocido.
Llevo cinco años corriendo por estas montañas y tres medias maratones desde 2023, pero a principios de este 2026 algo cambió. El cuerpo respondía, pero la cabeza tiraba la toalla. Por eso me inscribí en ese segundo curso de Hotmart sobre rendimiento mental. Honestamente, no esperaba que el módulo de nutrición fuera el que me diera la bofetada de realidad que necesitaba. Yo pensaba en la comida como gasolina para mis cuádriceps, nunca como el combustible necesario para que mi cerebro no me traicionara en el kilómetro quince.
Finales de febrero: La revelación de la fatiga central
Fue a finales de febrero cuando abrí por primera vez el módulo de nutrición deportiva para el cerebro. Lo primero que me llamó la atención fue un dato que me dejó fría: a pesar de que el cerebro representa solo una pequeña fracción de nuestro peso corporal, consume aproximadamente el 20% de la energía total del cuerpo. Cuando estamos allá arriba, luchando contra la gravedad y la falta de oxígeno, ese porcentaje puede sentirse como una hipoteca impagable si no estamos suministrando lo correcto.
Aprendí sobre el concepto de la "fatiga central". Siempre había pensado que el muro era algo puramente muscular, un fallo en la maquinaria de las piernas. Pero el curso explicaba que, a menudo, es el cerebro el que apaga el interruptor primero para proteger al cuerpo. Si los niveles de glucosa caen, el cerebro entra en modo de ahorro de energía. En mi caso, eso se traducía en irritabilidad, falta de concentración y una voz interna que se volvía insoportable. No es que me faltara voluntad; es que mi cerebro estaba hambriento.
Como escritora de UX, paso mis días diseñando flujos lógicos y pensando en la carga cognitiva de los usuarios. Resulta que en el trail running, la carga cognitiva es inmensa. Cada paso en un terreno técnico requiere una decisión: ¿piso esta piedra o salto a la raíz? Si el cerebro no tiene azúcar, esas decisiones se vuelven lentas, y ahí es cuando vienen los tropiezos. Por supuesto, debo aclarar que no soy nutricionista ni profesional de la salud. Solo soy una amateur que intenta entender por qué se siente miserable en la montaña. Si estás buscando cambios profundos, siempre es mejor consultar con un experto en nutrición deportiva.
Una mañana neblinosa de abril y el experimento del 'clic' visual
Recuerdo una salida específica a mediados de abril. El volcán Tungurahua, con su cima a 5023 metros, estaba escondido tras una cortina de nubes grises. Yo estaba a unos tres mil metros, sintiendo ese sabor metálico del aire frío que se mezcla con el esfuerzo. Tenía un gel de mora en la mano, de esos con un dulzor pegajoso que a veces no quería ni tragar. Pero esta vez, seguí la pauta del curso: no esperar a tener hambre física.
La recomendación estándar de carbohidratos para ejercicios de resistencia larga es de 30-90g por hora. Yo solía tomar mucho menos, quizás un gel cada hora y media si me acordaba. Ese día en abril, empecé a ingerir pequeñas dosis de carbohidratos cada cuarenta minutos, enfocándome en mantener la agudeza visual en los tramos técnicos de bajada. Lo que experimenté fue un cambio sutil pero real.
Hubo un momento exacto, tras diez minutos de ingerir el segundo gel, en que sentí un 'clic' visual. Las raíces y piedras del sendero, que antes se veían como una mancha marrón confusa debido al cansancio, recuperaron su relieve nítido. Mi capacidad de reacción mejoró. Ya no solo estaba 'sobreviviendo' a la bajada; estaba eligiendo mi trazada. Es increíble cómo algo tan simple como el timing de la nutrición puede despejar la niebla mental. Hace unos meses, reflexionaba sobre este fenómeno en mi artículo sobre cómo mejorar la concentración en trail para evitar caídas en bajadas, y ahora entiendo que la base química es la mitad de la batalla.
El ángulo contrario: Por qué dejé los carbohidratos simples antes de salir
Aquí es donde el curso me llevó por un camino que no esperaba y que contradice lo que muchos hacemos por instinto. Antes, mi ritual era un desayuno cargado de azúcares rápidos: pan blanco con mermelada o cereales azucarados, pensando que eso me daría un "empujón". Sin embargo, el curso sugería que evitar los carbohidratos simples justo antes de una carrera matutina mejora la claridad mental a largo plazo.
¿La razón? El pico de insulina. Al meterle un chute de azúcar simple al cuerpo treinta minutos antes de empezar, provocaba un pico seguido de una caída brusca de glucosa justo cuando estaba entrando en calor. Ese bajón inicial nublaba mi toma de decisiones competitivas antes de llevar siquiera cinco kilómetros. Empecé a probar desayunos de absorción más lenta o incluso a salir con menos carga glucémica inicial, confiando en el avituallamiento constante durante la carrera.
A mediados de junio, puse esto a prueba en un entrenamiento largo de 18 kilómetros. En lugar del pan con miel, opté por algo más estable. La diferencia fue notable: no sentí esa pesadez mental en la primera hora. La estabilidad emocional —porque sí, la nutrición afecta el humor— fue mucho mayor. Ya no sentía esa urgencia ansiosa de abandonar en el kilómetro diez. Esto se conecta profundamente con lo que aprendí sobre nutrición deportiva y resistencia mental para corredores de fondo amateurs, donde la constancia del combustible es más importante que la potencia del mismo.
La altitud de Ambato y el costo de decidir
Vivir y entrenar en Ambato, a unos 2500 metros sobre el nivel del mar, añade una capa extra de complejidad. La altitud aumenta la tasa metabólica basal y la demanda de carbohidratos. El cerebro tiene que trabajar más solo para mantenernos estables en un entorno con menos oxígeno. Hace un par de semanas, subiendo hacia uno de los miradores naturales desde donde se ve toda la ciudad, me di cuenta de que mi diario de entrenamiento se había convertido en un registro de decisiones, no solo de kilómetros.
He empezado a anotar cosas como: "Km 12, empecé a dudar de la ruta, tomé electrolitos y 20g de carbohidratos, la duda desapareció en 5 minutos". Es un enfoque casi científico para una aficionada como yo. No siempre funciona, claro. Hubo una semana en mayo en la que, a pesar de seguir el plan de nutrición al pie de la letra, el estrés de mi trabajo como freelance me dejó agotada y ninguna cantidad de glucosa pudo salvar mi entrenamiento. La mente no es una máquina aislada; el descanso y la vida personal también pesan.
En mi camino de preparación, he encontrado que correr en altitud para el fortalecimiento mental de corredores amateurs es una herramienta poderosa, pero solo si le das al cerebro los recursos para procesar ese esfuerzo. No sirve de nada estar en el mejor entorno si tu sistema operativo (tu mente) está funcionando en modo de bajo consumo.
Lo que ahora llevo en mi mochila
Ahora, cuando preparo mi cinturón de hidratación para recorrer los 21.0975 km de una media maratón o simplemente un fondo de fin de semana, mis prioridades han cambiado. Ya no solo busco evitar los calambres en las pantorrillas. Preparo mis avituallamientos pensando en mi capacidad de decisión. Aquí te comparto lo que he integrado de manera práctica:
- Hidratación con propósito: Los electrolitos no son solo para los músculos; el sodio es crucial para la transmisión de impulsos nerviosos en el cerebro.
- Frecuencia sobre cantidad: Prefiero pequeños bocados constantes que mantengan la glucosa plana, evitando los valles de desesperación mental.
- Atención a las señales cognitivas: Si empiezo a tropezar con mis propias palabras o a sentirme excesivamente negativa, sé que es hora de comer, aunque mis piernas no sientan hambre.
Al final del día, sigo siendo esa corredora amateur de Ambato que a veces prefiere quedarse en cama cuando llueve. Pero ahora tengo una herramienta más. Ya no me peleo tanto con mi falta de voluntad, porque entiendo que muchas veces esa "falta de ganas" es solo mi cerebro pidiendo auxilio. Entrenar la mente ha resultado ser tan logístico como entrenar las piernas: requiere el combustible adecuado, en el momento justo, para que cuando llegue el momento de decidir si sigo o me detengo, mi cabeza tenga la claridad suficiente para decir "un kilómetro más".
Si alguna vez sientes que te bloqueas en la montaña, no te culpes de inmediato por tener una mente débil. Revisa tu mochila, revisa lo que has comido y recuerda que tu cerebro está haciendo un esfuerzo titánico allá arriba. A veces, la claridad mental está a solo un gel de distancia.