
Sentí ese sabor metálico a adrenalina en la base de la lengua justo antes de que mi rodilla tocara el suelo. Fue un sábado de neblina a finales de febrero, en las faldas bajas del Tungurahua. No me caí del todo, pero el susto me dejó vibrando. Lo peor no fue la raíz escondida bajo la ceniza volcánica, sino darme cuenta de que, mientras mis pies negociaban un descenso técnico, mi mente estaba en Ambato, redactando mentalmente un correo para un cliente de UX sobre un error en un flujo de registro. Estaba a 21.0975 kilómetros de distancia emocional de la montaña, a pesar de que mis piernas estaban haciendo el trabajo físico.
Llevo cinco años corriendo por estos senderos y he completado tres medias maratones desde 2023, pero ese susto me confirmó algo que venía sospechando: mi cuerpo estaba en forma, pero mi cabeza estaba en otra zona horaria. En el trail, especialmente cuando el terreno se pone caprichoso, la falta de presencia no solo te quita el disfrute; te manda directo al hospital. Como aficionada que paga sus propios cursos de rendimiento mental en Hotmart, decidí que mi próximo experimento sería entender por qué mis descensos se habían convertido en una fuente de ansiedad en lugar de ser la parte divertida del entrenamiento.
La trampa de mirar los pies: el cansancio cognitivo
Durante mucho tiempo pensé que concentrarse en la bajada significaba mirar obsesivamente dónde ponía cada pie. Me decía a mí misma: "Roca, raíz, lodo, roca". Pero a mediados de abril, después de varias semanas de aplicar lo aprendido en mi segundo curso de rendimiento mental, me di cuenta de un error fundamental. Al fijar la mirada exclusivamente en el medio metro que tienes delante, obligas a tu cerebro a procesar la información en tiempo real, sin margen de maniobra. Es agotador.
Esa hiper-focalización en el suelo agota tu capacidad cognitiva mucho más rápido de lo que crees. Es como intentar leer un libro palabra por palabra en lugar de frases completas. Paradójicamente, al intentar no caerse mirando cada piedra, reduces tu tiempo de reacción ante obstáculos inesperados. El cerebro se satura con micro-decisiones y, cuando aparece una rama suelta o un parche de ceniza resbaladiza, ya no tienes "ancho de banda" mental para reaccionar. No soy profesional de la salud ni entrenadora, pero como alguien que pasa el día analizando la carga cognitiva de los usuarios en interfaces, vi el patrón con total claridad: estaba saturando mi propio sistema operativo.
Semana 6 - El experimento del Quiet Eye
Uno de los conceptos que más me ha costado implementar es el del Quiet Eye o "ojo quieto". Se trata de un periodo de fijación visual sobre un objetivo antes de realizar un movimiento crítico. En el trail, esto no significa mirar un punto fijo para siempre, sino entrenar la mirada para que escanee el terreno unos 3 o 5 metros por delante, permitiendo que el cerebro procese el camino de forma subconsciente.
Recuerdo una mañana de martes, con esa llovizna persistente que a veces cae sobre Ambato, intentando no pensar en nada más que en el ritmo de mi respiración y en proyectar mi vista hacia adelante. Al principio fue frustrante. Sentía que si no miraba mis pies, me iba a tropezar de inmediato. Es una lucha contra el instinto de supervivencia. Sin embargo, tras unas seis semanas de práctica constante, empecé a notar que mis pies "sabían" dónde aterrizar sin que yo les diera órdenes directas. Es una sensación extraña de confianza en la propiocepción que antes no tenía.
Día 14 del mes 5: Cuando la técnica falla
No todo es progreso lineal. Hubo una semana en mayo en la que simplemente no pude conectar. Estaba cansada, el trabajo se me acumulaba y cada vez que intentaba aplicar el enfoque externo, mi mente volvía a los prototipos de Figma. Ese día, en un tramo de descenso relativamente sencillo, me tropecé dos veces. No fueron caídas graves, pero sí llamadas de atención. Me di cuenta de que la concentración en el trail es un músculo que también se fatiga.
Si estás pasando por una racha donde sientes que has perdido la confianza en las bajadas, quizás te sirva leer sobre cómo superar el muro psicológico en el running de montaña amateur, porque a veces el problema no es la técnica visual, sino un agotamiento mental acumulado que no estamos respetando. En mi caso, esa semana tuve que aceptar que mi enfoque estaba al 10% y que lo más responsable era bajar el ritmo, aunque mi reloj me dijera que iba lenta.
Consejos prácticos desde mi cuaderno de notas
- Escaneo en lugar de fijación: Imagina que tu mirada es el foco de un coche. No quieres iluminar solo el parachoques, quieres ver la curva que viene. Mira hacia adelante y deja que la visión periférica se encargue de los detalles inmediatos.
- El silencio del diálogo interno: Cuando bajo, trato de eliminar las palabras. Si empiezo a decirme "cuidado con eso", ya voy tarde. Uso sonidos rítmicos o simplemente me concentro en el sonido de mis zancadas contra la tierra.
- Aceptación del terreno: El Tungurahua, un estratovolcán de 5,023 metros, siempre tiene algo de ceniza o piedra suelta. He aprendido que la rigidez mental (el miedo a resbalar) genera rigidez física, y la rigidez física es la que causa las caídas.
En una de mis reflexiones de este diario, mencioné que el diálogo interno positivo y rendimiento en corredores populares de trail es clave, pero en el descenso técnico, a veces el mejor diálogo es el que no existe. Es ese estado de flujo donde la mente y el cuerpo se vuelven uno solo.
Reflexiones finales de una amateur
Hoy, mientras bajaba por un sendero técnico bajo el sol de mediodía (en el huso horario UTC-5 que rige nuestro Ecuador), me di cuenta de que ya no estaba redactando correos electrónicos. Estaba allí, presente. No soy más rápida que hace un año, mis tiempos en la media maratón siguen siendo los de una corredora del montón, pero mi relación con el peligro ha cambiado. Ya no le temo a la bajada porque confío en mi capacidad de procesar el terreno.
Entrenar la mente no es algo místico ni reservado para atletas de élite. Es simplemente entender cómo funcionamos bajo presión. Si sientes que tus descensos son una tortura de nervios, te recomiendo que revises algunas técnicas de visualización para corredores de montaña en terrenos difíciles, ya que me ayudaron mucho a preparar la mente antes de que mis pies tocaran el sendero. Y recuerda, si sientes que tu falta de concentración o ansiedad al correr es algo que te supera en el día a día, no dudes en consultar con un profesional de la salud mental; este diario es solo la experiencia de una escritora que busca no caerse en la montaña.
Sigo aprendiendo, sigo revisando mis notas en la mesa de la cocina con un café caliente mientras afuera la niebla cubre el valle de Ambato. Al final del día, lo que buscamos no es solo evitar la caída, sino recuperar ese ritmo fluido que nos hizo enamorarnos de la montaña la primera vez.