
Eran los primeros minutos del alba y el frío de los Andes se colaba por las rendijas de la ventana. El café en la prensa francesa todavía no terminaba de bajar, pero mi mente ya estaba enumerando todas las razones por las que no debía salir a correr. No era el cansancio físico; mis piernas, tras cinco años recorriendo los senderos de Ambato, estaban más que acostumbradas al desnivel. Era ese peso invisible, una especie de fatiga administrativa que me hacía ver el entrenamiento como una tarea más de mi lista de UX writer en lugar de mi escape semanal.
Desde finales de 2025 hasta mediados de 2026, he estado documentando este proceso. Empecé este diario tras notar que, aunque completaba mis rutas, había dejado de disfrutarlas. Me sentía como si estuviera empujando una pared de niebla cada vez que subía hacia las laderas del volcán. Por eso, decidí invertir en un par de cursos de rendimiento mental para ver si, al igual que entrené mis cuádriceps para aguantar el descenso, podía entrenar mi cabeza para no rendirse antes de empezar.
El muro que no está en las piernas
A mediados de enero, me encontré a mitad de una ruta conocida. Estaba a una altitud considerable, dejando atrás el centro de la ciudad que descansa a unos 2577 metros sobre el nivel del mar, y el aire empezaba a sentirse más delgado. Mi reloj marcaba que apenas llevaba ocho kilómetros, pero mi cerebro gritaba que era suficiente. Es curioso cómo funciona la psicología del corredor amateur: no nos detenemos porque el músculo falle, sino porque la mente se agota de procesar el esfuerzo.
En uno de los módulos que estudié, hablaban de que la fatiga central puede aparecer mucho antes de que los depósitos de glucógeno muscular se agoten realmente. Es un mecanismo de defensa. Sin embargo, para nosotros los aficionados, ese muro no suele ser una falta de energía química, sino una falta de propósito momentáneo. En esos días grises, me di cuenta de que mi diálogo interno era un desastre. Me decía a mí misma: 'No estoy cansada de correr, estoy cansada de pensar en cuánto me falta para terminar'. Esa frase fue el punto de quiebre que me llevó a buscar herramientas más concretas.
Semana 6 - Mediados de febrero: La técnica de la segmentación cognitiva
Durante las mañanas neblinosas de marzo, empecé a aplicar lo que los cursos llamaban segmentación cognitiva. Es una técnica que suena compleja pero es increíblemente sencilla: dejar de mirar la cima del Tungurahua, que se alza imponente hasta los 5023 metros, para mirar solo los siguientes cinco metros de sendero. Si pensaba en los trece kilómetros que me faltaban para completar un entrenamiento largo, mi sistema colapsaba. Si pensaba en llegar a ese árbol de eucalipto torcido que estaba a cincuenta metros, mi mente se calmaba.
Debo confesar que no siempre funciona. Hubo una semana en febrero donde la segmentación me pareció ridícula. Me sentía tonta contando pasos mientras el viento me golpeaba la cara. Es importante recordar que estas son herramientas, no milagros. Como no soy profesional de la salud mental ni entrenadora, me permito fallar. A veces, simplemente no tienes ganas y está bien. Si sientes que tu apatía por el deporte es constante y afecta otras áreas de tu vida, siempre es mejor consultar con un profesional de la salud antes de forzar el entrenamiento.
En esos momentos de duda, releía mis notas sobre qué hacer cuando correr no te motiva pero quieres seguir entrenando, recordando que la constancia no siempre es lineal. La clave de la segmentación no es engañar al cuerpo, sino darle a la mente una victoria rápida, un 'check' en la lista de tareas mental que nos devuelva un poco de dopamina para seguir.
Abrazar el sufrimiento como señal de eficiencia
Aquí es donde mi perspectiva cambió radicalmente. Siempre nos enseñan a 'superar' el dolor o a 'ignorar' el muro. Pero una de las lecciones más valiosas que aprendí fue dejar de luchar contra el malestar y, en su lugar, abrazar activamente el sufrimiento como una señal de eficiencia biomecánica. Suena masoquista, lo sé, pero piénsalo así: cuando tus piernas arden en una pendiente del 15%, no es que algo esté mal, es que tu cuerpo está funcionando exactamente como debería para vencer la gravedad.
Recuerdo un domingo reciente de junio, bajo una llovizna persistente que volvía el lodo traicionero. El olor a eucalipto mojado y el vapor de mi propia respiración chocando contra el frío de la montaña creaban una atmósfera casi irreal. En lugar de quejarme internamente por el frío, empecé a ver el esfuerzo como una prueba de que mi 'máquina' estaba operativa. Esa sensación de ardor en los pulmones era la prueba de que estaba procesando oxígeno a gran altitud, algo que no cualquiera puede hacer. Al cambiar el 'esto duele' por el 'esto es mi cuerpo trabajando a tope', el muro psicológico perdió gran parte de su poder intimidatorio.
Tras unas seis semanas de práctica mental: El punto de giro
A finales de marzo, tuve una salida que lo cambió todo. No fue una carrera oficial, solo un entrenamiento de fin de semana buscando acercarme a la distancia de una media maratón estándar de 21.0975 kilómetros. El clima estaba horrible, de esos días en que Ambato se despierta con una bruma que no deja ver ni los pies. El muro apareció temprano, apenas al kilómetro cinco.
En lugar de usar la fuerza bruta o insultarme para seguir, usé las herramientas de visualización que había estado practicando. Me imaginé a mí misma como parte del paisaje, tan sólida como las rocas volcánicas del camino. Fue la primera vez que desactivé el deseo de abandonar sin sentir que estaba en una guerra conmigo misma. Fue un proceso silencioso, casi natural. En mi diario, ese día anoté que la diferencia no fue mi velocidad, sino la ausencia de ruido mental innecesario.
He notado que este entrenamiento de la cabeza es tan lento como el de las piernas. No te despiertas un día siendo mentalmente inquebrantable. Es más bien como mi mi progreso con el curso entrenamiento mental deportistas en alta montaña, donde cada semana sumas un pequeño porcentaje de control sobre tus reacciones. No me hace más rápida en las subidas, pero hace que el proceso sea sostenible para alguien que, como yo, solo quiere correr por el placer de sentirse viva en la montaña.
Para un corredor amateur, superar el muro psicológico no se trata de ganar medallas, sino de asegurar que el próximo domingo volvamos a tener ganas de ponernos las zapatillas. Al final del día, el Tungurahua seguirá ahí, imponente y silencioso, recordándonos que la montaña no se mueve, pero nuestra percepción de ella sí puede transformarse.