Cuaderno de Rendimiento

Trucos mentales para subir cuestas en trail running sin rendirse a mitad

2026.06.08
Trucos mentales para subir cuestas en trail running sin rendirse a mitad

La alarma suena muy temprano. No es ese sonido heroico de los comerciales de zapatillas; es un zumbido seco que rebota en las paredes de mi cuarto en Ambato mientras el frío de los Andes se cuela por la rendija de la ventana. Me quedo mirando el techo, calculando si esos diez minutos extra de sueño valen más que el remordimiento de no salir. Al final, el café frío que dejé listo la noche anterior me convence. A mis 38 años, y tras haber corrido tres medias maratones de 21.0975 kilómetros desde el año pasado, he aprendido que la batalla no empieza en la montaña, sino en ese primer pensamiento de rendición antes de ponerse las medias.

A mediados de enero, tuve un momento de quiebre. Estaba subiendo una pendiente cerca de Pishilata. Mis piernas estaban bien, técnicamente hablando. Había entrenado, mis cuádriceps tenían la fuerza necesaria y mis pulmones estaban acostumbrados a los 2577 metros de altitud de nuestra ciudad. Sin embargo, a mitad de la cuesta, mi cabeza simplemente dijo "basta". Sentí que el aire no era suficiente, aunque sabía que era una mentira de mi cerebro. Me detuve. Me quedé ahí, respirando el aroma de los eucaliptos húmedos, sintiéndome como un fraude. No era cansancio físico; era una fatiga mental que me venía persiguiendo desde finales de 2025.

El diagnóstico del estancamiento: cuando correr se vuelve inercia

Durante tres meses, completé mis rutas por pura inercia. Salía los fines de semana a las faldas del Tungurahua, pero ya no miraba el paisaje. No disfrutaba de cómo las nubes se enganchan en los filos del volcán, ese gigante de 5023 metros que nos vigila. Cada subida se sentía como un castigo, una tarea de UX writing que no quería editar. Como alguien que se dedica a las palabras, me di cuenta de que el problema era el guion que me estaba contando a mí misma. Estaba atrapada en un ciclo de "tengo que llegar arriba" en lugar de "estoy subiendo".

Fue en ese periodo de desgano cuando decidí que si entrenaba mis piernas, también tenía que entrenar lo que pasaba entre mis orejas. No soy psicóloga deportiva ni entrenadora profesional —soy una escritora que pasa demasiado tiempo sentada frente a una pantalla—, pero sabía que necesitaba herramientas. Pagué por un par de cursos en Hotmart sobre rendimiento mental para deportistas amateurs. Quería ver si podía aplicar la misma lógica de diseño de experiencia de usuario a mi propia fatiga. Al principio, me sentí un poco ridícula tomando apuntes sobre "resiliencia cognitiva" en mi cuaderno de entrenamiento que tengo en la mesa de la cocina, pero los resultados empezaron a aparecer de formas sutiles.

Zapatillas de trail running sobre terreno volcánico y grava en una subida empinada.

La técnica de la segmentación visual: los próximos cinco metros

El primer truco que realmente cambió mis mañanas de domingo fue la segmentación visual. A fines de marzo, volví a la misma ruta de Pishilata. Cuando la pendiente se volvió agresiva, sentí el sabor metálico en la boca y el sonido rítmico de la grava bajo mis zapatillas. En lugar de levantar la vista para ver cuánto faltaba para la cima —lo cual suele generar un micro-pánico en el pecho—, apliqué lo aprendido: bajé la mirada.

Me concentré únicamente en los próximos cinco metros de sendero. No en la curva que venía después, ni en el árbol solitario que marcaba el final de la subida. Solo en esos cinco metros de tierra volcánica y piedras sueltas. Es un truco psicológico básico pero poderoso: reduces la carga cognitiva. El cerebro se abruma ante la idea de subir 400 metros de desnivel positivo, pero no tiene problemas con avanzar cinco pasos. Es como desglosar un proyecto complejo de contenido en pequeñas tareas de microcopy.

Esta técnica me ayudó a silenciar esa voz familiar que me decía: "Camina, nadie te está mirando, para ya". Al enfocarme en lo inmediato, la voz perdía volumen porque el objetivo era ridículamente alcanzable. Sin embargo, debo ser honesta: hubo una semana en abril, bajo una llovizna persistente que calaba hasta los huesos, donde ni la segmentación me sirvió. Me senté en una piedra a mitad de camino y simplemente esperé a que parara de llover para volver a casa. No siempre funciona, y está bien aceptarlo. Si sientes que la falta de motivación es constante y te afecta en otras áreas, siempre es bueno consultar con un profesional de la salud mental.

El diálogo interno en segunda persona

Otro descubrimiento interesante fue el cambio de narrativa. En mis cursos aprendí que hablarse a uno mismo en primera persona ("estoy cansada", "no puedo más") refuerza la identidad del síntoma. Pero si cambias al "tú", creas una distancia saludable. Durante las últimas tres semanas, cuando el Tungurahua se pone difícil, he empezado a decirme: "Estás subiendo bien, mantén el ritmo, tus piernas saben qué hacer".

Parece un detalle menor, pero noté que mi ritmo cardíaco percibido —no necesariamente el real de mi reloj, sino cómo yo lo sentía— bajaba. Es como si una versión de mí misma estuviera animando a la otra desde afuera. Para alguien que vive de escribir interfaces, esto fue como cambiar un mensaje de error genérico por uno que realmente guía al usuario. En el artículo donde explico mi opinión del curso entrenamiento mental deportistas tras semanas de práctica, menciono cómo este cambio de lenguaje fue lo que más me costó integrar, pero lo que más estabilidad me dio en las rutas largas.

Mano de corredor sosteniendo un cuaderno de notas frente a las montañas andinas.

El truco contrarián: alternar la cadencia para engañar al cuerpo

Aquí es donde me alejo un poco de los consejos tradicionales de los manuales de running. Casi todos te dicen que mantengas una cadencia constante, pasitos cortos y rítmicos como un metrónomo. Pero un domingo por la mañana hace un mes, probé algo distinto que me ha funcionado de maravilla: alternar deliberadamente entre pasos muy cortos y zancadas largas, incluso si estas últimas se sienten un poco más pesadas.

No lo hago por eficiencia mecánica pura —un entrenador probablemente me regañaría—, sino por distracción cognitiva. Al cambiar el patrón de movimiento cada 30 o 40 metros, obligas a tu cerebro a recalcular el esfuerzo. Engañas a la fatiga muscular porque no dejas que un solo grupo de fibras se agote de la misma manera monótona. Es como cambiar de tarea cuando estás bloqueada frente al computador; refresca la percepción del esfuerzo. Esta alternancia rompe la hipnosis del dolor que a veces te atrapa en las subidas constantes de los Andes.

Este enfoque de "engaño deliberado" me ha permitido prolongar mi resistencia en cuestas donde antes me rendía. No se trata de ir más rápido, sino de mantener la mente ocupada en la gestión del paso en lugar de en el deseo de parar. En mi diario, he notado que cuando aplico esto, la subida deja de ser un obstáculo monolítico y se convierte en una serie de cambios de ritmo que mantienen mi atención despierta.

Sendero de montaña rodeado de eucaliptos bajo la niebla matutina en Ambato.

La mochila emocional en el sendero

Al final del día, el entrenamiento mental no hace que la cuesta desaparezca. El estratovolcán sigue ahí, con su inclinación implacable y su aire ralo. Lo que estas técnicas hacen es reducir el peso de la mochila emocional que cargamos. Subir una montaña ya es suficientemente duro físicamente como para además tener que luchar contra una mente que te sabotea a cada paso.

He aprendido que soy una corredora lenta, y eso ya no me molesta. Lo que me importa ahora es la calidad de mi conversación interna mientras subo. He dejado de ver las cuestas como el enemigo y he empezado a verlas como el lugar donde pongo a prueba lo que he aprendido en esos cursos de Hotmart. Es un proceso lento, parecido a cuando empecé a escribir para UX y tuve que aprender a borrar la mitad de lo que escribía para que el mensaje fuera claro. Si te interesa profundizar en cómo salir de esos baches donde nada parece motivarte, hace poco escribí sobre cómo superar la fatiga mental en corredores tras meses de entrenamiento, basándome en ese bache que tuve a inicios de año.

Mañana volveré a salir. Probablemente lloverá, y probablemente volveré a sentir ese sabor metálico en la garganta cuando la pendiente se ponga seria. Pero ahora sé que cuando mi cabeza empiece a gritar, tengo un par de trucos bajo la manga para convencerla de que solo necesitamos avanzar cinco metros más. Y luego otros cinco. Hasta que, casi sin darme cuenta, Ambato se vea pequeñito allá abajo y el aire frío del páramo me confirme que, una vez más, no me rendí a mitad de camino.

Importante: Aquí comparto lo que he vivido en primera persona -- ningún consejo médico, financiero ni legal. Lo que funcionó para mí puede que no funcione para ti. Habla con tu médico, asesor o abogado antes de tomar decisiones que realmente importen.