
Eran poco más de las cinco y media de la mañana cuando sonó la alarma. El café, que suelo dejar listo desde la noche anterior, estaba tibio, casi frÃo, sobre el mostrador de la cocina en mi departamento en Ambato. Afuera, la ciudad todavÃa dormÃa bajo esa neblina espesa que a veces baja del Casigana, y yo solo podÃa pensar en una cosa: no querÃa moverme. No es que me dolieran las rodillas o que sintiera los cuádriceps cargados por los kilómetros del fin de semana anterior. Mis piernas estaban listas para los senderos del volcán, pero mi cabeza simplemente decÃa 'no'.
Llevo cinco años corriendo por las faldas del Tungurahua y, desde 2023, he completado tres veces la distancia oficial de media maratón, esos 21.097 kilómetros que antes me parecÃan una odisea y ahora son parte de mi rutina. Sin embargo, a principios de este año, algo se rompió. No fue una lesión fÃsica, sino una especie de muro invisible. Completaba los entrenamientos por pura inercia, pero habÃa dejado de disfrutarlos. Mi trabajo como UX writer freelance me exige estar ocho horas pegada a la pantalla resolviendo flujos de navegación, y sentÃa que mi cerebro ya no tenÃa 'combustible' para cuando me tocaba ponerme las zapatillas.
Semana 3 - Mediados de febrero: La paradoja del corredor agotado
Es extraño estar en la mejor forma fÃsica de tu vida y, al mismo tiempo, sentir que el sendero de siempre se ha vuelto una tortura psicológica. Durante las semanas de carga alta de febrero, noté que mi rendimiento fÃsico no bajaba, pero mi resistencia mental estaba por los suelos. Ambato se encuentra a una altitud promedio de 2577 metros sobre el nivel del mar, y correr aquà siempre ha sido un reto para el sistema respiratorio, pero esta vez el aire no era el problema; era la voluntad.
Me di cuenta de que estaba experimentando lo que uno de los cursos de Hotmart que compré llamaba 'fatiga central'. A diferencia de la fatiga periférica (la de los músculos), la fatiga central ocurre en el sistema nervioso central. Como profesional que trabaja con palabras y lógica todo el dÃa, mi 'presupuesto cognitivo' se agotaba antes de que mis pies tocaran la tierra. No soy psicóloga ni entrenadora, solo una aficionada que se dio cuenta de que estaba descuidando el descanso de la mente tanto como el de las piernas.
Un sábado de neblina en marzo: El olor a eucalipto y la voz interna
Recuerdo especÃficamente un sábado de neblina en marzo. Estaba subiendo hacia el sector de las nubes en el Tungurahua. El aire estaba cargado con el olor a eucalipto mojado y podÃa escuchar el sonido crujiente de la ceniza volcánica bajo mis pies. El Tungurahua es un gigante de 5023 metros de altura, y aunque yo me quedo en sus faldas, el terreno de ceniza hace que cada paso sea inestable y exija una atención constante.
En ese momento apareció: esa voz interna que me decÃa que si me detenÃa ahora, nadie se enterarÃa. La lucha por encontrar una razón válida para seguir subiendo se volvió agotadora. Me detuve a mitad de una pendiente, con el viento frÃo de la sierra golpeándome la cara, y me senté en una piedra. Ahà fue cuando decidà que tenÃa que aplicar lo que estaba aprendiendo en el segundo curso de rendimiento mental: la técnica de la segmentación visual.
La técnica consistÃa en dejar de pensar en los diez kilómetros que me faltaban y enfocarme solo en llegar al siguiente arbusto, o a la siguiente curva del sendero. Al reducir la carga de decisiones de mi cerebro, la fatiga parecÃa disiparse un poco. No es una solución mágica, y ese dÃa terminé el recorrido mucho más lento de lo habitual, pero al menos no me rendÃ.
Hace un par de meses: Por qué el exceso de lógica agota el running
Uno de los hallazgos más interesantes de mis lecturas recientes es que la fatiga mental en corredores a menudo no se debe solo al exceso de entrenamiento fÃsico, sino a la falta de estÃmulos cognitivos complejos fuera del deporte... o al exceso de ellos en el trabajo. En mi caso, como UX writer, paso el dÃa simplificando problemas. Mi cerebro busca eficiencia constante. Cuando salgo a correr, si el entrenamiento es demasiado monótono, mi mente se aburre y empieza a enviar señales de cansancio para que me detenga.
He aprendido que necesito 'engañar' a mi cerebro. Si el trabajo ha sido muy demandante, no puedo pedirle a mi mente que se enfoque en un entrenamiento de intervalos estricto. Esos dÃas, prefiero correr sin reloj, escuchando el entorno o un podcast que no tenga nada que ver con el running. He tenido que aceptar que soy una amateur y que, si bien quiero mejorar mis tiempos en la próxima media maratón, mi salud mental es la prioridad. Obviamente, si alguien siente que su falta de motivación es constante y afecta otras áreas de su vida, lo mejor es consultar con un profesional de la salud mental; lo mÃo era claramente un agotamiento por sobrecarga de objetivos.
Una tarde de lluvia el mes pasado: Cuando las técnicas fallan
No quiero sonar como esas cuentas de Instagram que dicen que 'todo está en la mente'. Una tarde de lluvia el mes pasado, simplemente no pude. Intenté la segmentación visual, intenté las afirmaciones positivas que sugerÃa el curso, incluso probé a cambiar de ruta para ir por la zona de Ficoa, que es más plana. Nada funcionó. Me sentÃa drenada.
Ese dÃa aprendà la lección más valiosa: el descanso mental es tan cuantificable como el descanso fÃsico. Si mi cerebro está frito por entregar un proyecto de diseño de interfaz, obligarlo a 'sufrir' en el cerro solo aumenta el cortisol. Decidà regresar a casa, hacerme un té y no tocar las zapatillas en tres dÃas. Fue la mejor decisión de la temporada. Al cuarto dÃa, cuando volvà al Tungurahua, la ceniza ya no se sentÃa pesada y el frÃo era refrescante, no punzante.
Reflexiones finales de mayo: El cerebro como músculo
A dÃa de hoy, 31 de mayo de 2026, puedo decir que disfruto más el proceso que el cronómetro. He integrado pequeñas pausas de decisión en mis rutas y he dejado de castigarme por las semanas en las que el trabajo me deja sin energÃa mental para el trail. Entrenar en altitud, sobre los 2500 metros, ya es bastante duro para el cuerpo como para añadirle una presión psicológica innecesaria.
Tratar el cerebro como un músculo que necesita pausas ha cambiado mi relación con el deporte. Ahora, cuando subo por los senderos y veo el valle de Ambato abriéndose bajo la neblina, ya no pienso en cuánto me falta para terminar. Pienso en el presente, en la textura del suelo y en el privilegio de poder moverme. La fatiga mental siempre va a estar ahÃ, acechando en las semanas de mucho trabajo, pero ahora tengo herramientas para reconocerla y, sobre todo, la madurez para saber cuándo es mejor descansar que insistir.
Si eres un corredor amateur como yo, recuerda que no tenemos contratos de patrocinio que nos obliguen a destruirnos. A veces, la mejor forma de superar la fatiga mental es simplemente recordar por qué empezamos a correr en primer lugar: por la libertad de estar afuera, lejos de las pantallas y cerca de las nubes.