
La alarma sonó a las 5:45 de la mañana, un zumbido seco que parecía rebotar contra el aire frío de Ambato. Me quedé mirando el techo, escuchando el silencio de la casa antes de que empezara el ajetreo de mi trabajo como redactora UX. Tenía que salir a correr, pero mi cabeza ya estaba buscando excusas: que si la llovizna, que si el cansancio acumulado, que si ayer el café me cayó pesado. No era que mis piernas no pudieran; era que mi cerebro se sentía como una pantalla con errores de carga.
Fines de enero: La neblina mental en el kilómetro 15
Recuerdo perfectamente un entrenamiento a finales de enero. Estaba intentando completar un fondo largo, acercándome a esa distancia de media maratón de 21.0975 km que tanto me obsesiona. Todo iba bien hasta que, de repente, la voluntad se evaporó. No me dolían los cuádriceps, pero empecé a sentir una irritabilidad absurda. El sonido de mis propias zancadas sobre la ceniza volcánica me molestaba y me resultaba imposible decidir si debía seguir por el sendero principal o tomar el atajo hacia la vía a Baños.
Como alguien que se pasa el día diseñando flujos de usuario, entiendo que la claridad es fundamental para tomar decisiones. Sin embargo, en el trail, esa claridad desaparece cuando el depósito está vacío. En ese momento, experimenté lo que ahora entiendo como 'neblina mental'. Sentía un sabor metálico en la boca y el ritmo de mi respiración se volvió errático. Me detuve a caminar, sintiéndome una impostora. No era falta de 'garra' ni de motivación; era que mi cerebro, que consume aproximadamente el 20% de la energía total del cuerpo, se estaba quedando sin combustible.
Un sábado nublado de marzo: El mito de comer por apetito
Durante mucho tiempo, seguí el consejo amateur de 'escuchar a mi cuerpo' y comer solo cuando tuviera hambre. Gran error. Aprendí, a través de uno de los módulos del curso de nutrición deportiva que estoy siguiendo en Hotmart, que esperar a tener hambre en una carrera de larga distancia es como esperar a que se encienda la reserva de gasolina para buscar una estación de servicio en medio del páramo. Para cuando sientes hambre, tu rendimiento cognitivo ya se ha desplomado.
He descubierto que comer por horario, de forma casi mecánica, es lo que realmente protege mi enfoque mental. Si ignoro las señales metabólicas reales y espero al apetito, termino arruinando mi rendimiento intestinal y mi capacidad de concentración. El cerebro necesita una glucemia estable para mantener la atención en terreno técnico. En las laderas del Tungurahua, a unos 2,500 msnm, cualquier error de cálculo al pisar una piedra suelta puede terminar en un esguince, y esa precisión depende directamente de cuánto azúcar tiene tu sangre.
Tras seis semanas de curso: El cerebro también se alimenta
Después de seis semanas aplicando lo aprendido, dejé de ver los geles y los dátiles como 'combustible para las piernas'. Empecé a verlos como mantenimiento para mi toma de decisiones. Es curioso cómo una deshidratación de apenas el 2% del peso corporal puede hacer que empieces a tener pensamientos negativos recurrentes. No soy nutricionista ni profesional de la salud —y siempre recomiendo consultar con un experto antes de cambiar tu dieta radicalmente—, pero he notado que mi diálogo interno cambia drásticamente cuando cumplo con la tasa de absorción de carbohidratos recomendada de unos 60 g/h.
Hubo una semana, a mediados de abril, en la que intenté probar una estrategia de ayuno intermitente que leí en un foro. Fue un desastre total. No pude ni terminar el calentamiento sin sentir que el mundo se me venía encima. Mi diario de entrenamiento de esa semana está lleno de notas sobre lo 'incapaz' que me sentía. Fue un recordatorio de que las técnicas que se ven bien en papel no siempre funcionan en la realidad de una corredora amateur que además tiene que lidiar con el estrés laboral. En mi opinión del curso entrenamiento mental deportistas tras semanas de práctica, mencioné que el entrenamiento mental no sirve de nada si no tienes la química básica funcionando a tu favor.
Una mañana reciente en las faldas del Tungurahua
Hace pocos días, salí a correr con el aire frío golpeándome la cara y la humedad típica de los Andes pegándose a mi ropa. En un ascenso técnico particularmente duro, sentí que la negatividad empezaba a asomar. '¿Para qué haces esto?', decía la voz. En lugar de pelear con el pensamiento, me obligué a ingerir mis electrolitos y un poco de alimento sólido. La reacción fue casi instantánea: diez minutos después, sentí esa claridad, como si se encendiera una bombilla dentro de mi cabeza. Las reservas de glucógeno suelen agotarse tras 90 a 120 minutos de ejercicio intenso, y yo estaba justo en ese umbral.
Al final del día, el trail running para una amateur de 38 años como yo no se trata de ganar medallas, sino de mantener la cordura y el disfrute. He aprendido que para subir cuestas en trail running sin rendirse, el estómago tiene que ser el mejor aliado de la mente. Si el cerebro tiene lo que necesita, esa voz que pide quedarse en la cama o abandonar a mitad de la ruta se vuelve mucho más fácil de gestionar. No es magia, es simplemente asegurarte de que la máquina tenga lo necesario para procesar el esfuerzo sin entrar en pánico.
A veces, cuando el camino se pone difícil y la niebla baja sobre el valle de Ambato, me detengo un segundo, respiro y recuerdo que mi entrenamiento mental empieza en la cocina, mucho antes de ponerme las zapatillas. Sigo aprendiendo, sigo fallando en algunas semanas, pero al menos ahora sé que cuando mi cabeza dice 'no puedo', a veces solo me está pidiendo un poco de glucosa.