
El sendero de tierra junto al agua pesa igual al arrancar, pero esta vez el peso no viene de las piernas. El aire frío se me mete en el pecho apenas piso el primer tramo, y por primera vez en semanas no estoy negociando conmigo misma si vale la pena seguir. Detrás de este trote corto hay un bloqueo mental que me tuvo alejada del trail running durante dos meses enteros, y que no tenía nada que ver con las piernas.
El peso de las zapatillas quietas y el verdadero origen del bloqueo mental
En el pasillo del departamento, bajo el perchero de la chaqueta de lluvia, las zapatillas de trail llevan ocho semanas juntando ese polvo fino que se levanta en los caminos secos de Ambato. Terminé mi tercera media maratón, esos 21.0975 km que antes me daban pánico, encadené proyectos de UX writing con plazos que no daban tregua, y la cabeza dijo basta antes que el cuerpo. No fue una lesión: las piernas respondían, pero la mente sentía cada salida como si tuviera que subir hasta el cráter del volcán, a sus 5023 metros, con una mochila cargada de piedras que nadie más veía.
Vivir a 2570 metros sobre el nivel del mar hace que entrenar en altura sea parte normal de mi rutina — mi cuerpo produce eritropoyetina de forma natural, y esa parte física nunca fue el problema. El bloqueo mental no es pereza: es una forma de protección. Mi cabeza había asociado correr con el agotamiento de las últimas carreras y las noches frente a la pantalla, y ahora lo trataba como una amenaza que evitar.
La fuerza de voluntad por sí sola no bastó para volver a correr
En junio intenté volver por las malas. Me ponía la ropa técnica, me sentaba en el borde de la cama y me quedaba mirando el clóset, sin dar el siguiente paso. Uno de los cursos de rendimiento mental que compré en Hotmart hablaba de la fatiga central, esa frontera borrosa entre el cansancio real de las piernas y el que inventa la cabeza para protegerse. Probé llenarme de energía con podcasts de motivación general antes de salir, pero el efecto se acababa apenas pisaba los primeros tres kilómetros. La voz del podcast se apagaba y la mía, la que pide parar, volvía a subir el volumen.
Forzar el regreso solo entrenó una aversión nueva: cada intento se sentía como una obligación más, no como algo mío. Gran parte de ese cansancio no salía de los kilómetros pendientes, sino de la carga mental que arrastraba desde el trabajo, algo que profundicé después en cómo gestionar el cansancio mental por trabajo antes de correr montaña, aunque en junio todavía no tenía ese lenguaje para nombrarlo.
Achicar la tarea hasta que el trail running dejara de asustarme
A inicios de agosto cambié de estrategia. En psicología deportiva amateur esto se conoce como reducción de fricción cognitiva, aunque en ese momento yo solo lo llamaba "hacerlo más fácil". En vez de pensar en el trail running como una sola tarea gigante, la corté en pedazos ridículamente pequeños. Un día me puse la ropa de correr solo para estar en casa, sin obligación de salir. Al siguiente, bajé a la calle, caminé un par de cuadras bajo la llovizna típica de estas fechas y volví. No perseguía ningún objetivo de ritmo ni de distancia, apenas quería probar que vestirme de corredora no significaba sufrir después.
Aquí conviene ser clara: no soy psicóloga ni entrenadora certificada, solo una corredora amateur que escribe estas notas desde la mesa de la cocina. Si la falta de ganas para correr, o para cualquier otra cosa, se siente más pesada que esto, hablar con un profesional de salud mental pesa más que cualquier técnica que yo pueda contar aquí.
Ese truco de reducir la fricción se convirtió en una rutina corta antes de cada intento: revisar el cuaderno, ponerme la ropa, salir por la puerta sin pensar en el resto. No perseguía una meta de kilómetros ni de tiempo, solo la señal de haber cruzado la puerta. La motivación amateur, la que corre por gusto y no por plan, empezaba a volver antes que el ritmo.
Semana 5: la pausa del café y la compañera que notó el cambio
Para la semana cinco de este ir y volver con pasos pequeños, salí una mañana hacia el malecón del río Ambato, en el sector de La Alameda, sin reloj y sin Strava abierto. El aire olía a eucalipto mojado por la llovizna de la madrugada, ese frío que pica un poco al respirar hondo en la primera subida del sendero. Fue un trote suave, casi caminata en los tramos con más pendiente, y esa vez no me importó ir más lenta que cualquiera.
Esa misma semana, en una pausa de café a media mañana con una colega de un proyecto que compartimos, ella me dijo, sin que yo hubiera contado nada del trail running: "te veo distinta estos días, más liviana". No supe qué responder en el momento, pero fue la primera señal externa de que el bloqueo estaba cediendo, antes incluso de que yo misma lo hubiera puesto en palabras.
Durante semanas evité abrir los mapas de calor de Strava de mis amigas, porque compararme con sus rutas solo alimentaba la idea de que ya no pertenecía ahí. Si alguna vez te ha pasado algo parecido, escribí sobre eso en sentirse corredora lenta y cómo gestionar la presión del grupo, y ayuda releerlo en las semanas flojas.
Hay quien gestiona esto sin haber pagado ningún curso. Doménica, de mi grupo de trail en Baños, corre un escalón más rápido que yo y nunca ha tomado ningún programa de rendimiento mental, y aun así llega a la salida con una calma que todavía no logro entender del todo.
Guardar la lección antes de mandar la nota de voz
Antes de escribir esta entrada le mandé a Iliana, amiga desde la universidad, una nota de voz contándole cómo había ido la semana; es una costumbre que tengo desde hace tiempo, resumir en voz alta antes de poner algo por escrito. Ella me hizo notar algo que yo no había pensado: que el cambio no vino de un curso completo ni de una técnica única, sino de haber aceptado tareas más pequeñas de las que mi orgullo de corredora hubiera elegido por su cuenta.
Si algo me llevo de estas semanas es que el bloqueo mental no se resuelve empujando más fuerte ni prometiéndome disciplina para el lunes siguiente. Se resuelve achicando la tarea hasta que quepa en un día malo, y dejando que alguien más note el cambio antes de que tú misma lo digas en voz alta. Mañana pienso volver a salir, otra vez sin meta de tiempo, y con eso me basta.