
La alarma vibró sobre la mesa de noche cuando el cielo sobre Ambato todavía era de un gris profundo, casi negro. Eran las cinco y media de la mañana y el café que me serví en el termo estaba demasiado caliente para beberlo de un trago, pero lo suficientemente reconfortante como para ignorar por un segundo la voz en mi cabeza. Esa voz, que últimamente se ha vuelto experta en sabotaje, me preguntaba qué hacía una escritora UX de 38 años preparándose para subir a las faldas del Tungurahua un martes cualquiera. Mis piernas se sentían ligeras, pero mi mente pesaba toneladas. Sentía que, a pesar de mis cinco años recorriendo senderos, me había chocado contra un techo de hormigón.
Antes de profundizar en lo que aprendí esta semana, una pequeña aclaración: este diario contiene enlaces de afiliado. Si decides comprar algún programa a través de ellos, Hotmart me otorga una comisión sin que a ti te cueste ni un centavo más. Escribo esto basándome en los cursos que yo misma pagué y puse a prueba en mis rutas. Eso sí, no soy psicóloga ni entrenadora; soy una aficionada que busca entender su propia cabeza. Si lo que sientes es una tristeza que no se va o una ansiedad que te supera fuera de la montaña, por favor, busca a un profesional de la salud mental.
El techo de cristal de la mentalidad fija
A finales de enero, me encontré en un punto muerto. Había corrido tres medias maratones desde 2023, cubriendo con precisión esos 21.0975 kilómetros reglamentarios, pero mis tiempos no mejoraban. Peor aún, mi sensación de logro se había evaporado. Cada vez que miraba el reloj y veía que mi ritmo era diez segundos más lento que el año pasado, sentía una opresión en el pecho. No era falta de oxígeno por los 2577 metros de altitud de Ambato; era la ansiedad de sentir que mi 'talento' se había agotado. Pensaba: 'Si no puedo mantener este ritmo ahora, ¿qué sentido tiene seguir intentando mejorar?'.
Estaba atrapada en lo que los psicólogos llaman mentalidad fija. Creía que mi capacidad como corredora era un rasgo estático: o naces con pulmones de acero o no. Esta frustración me llevó a dejar de disfrutar el paisaje, el aire frío del amanecer y hasta el silencio de la montaña. Fue entonces cuando decidí invertir en el programa Entrenamiento Mental Para Deportistas, que tiene una calificación de 5.0 en la plataforma y prometía precisamente romper estos bloqueos. No buscaba ser profesional, buscaba no odiar mis zapatillas cada vez que me las ponía.
La técnica del 'todavía' en el sendero
Tras las primeras seis semanas de curso, una de las lecciones más simples pero potentes que empecé a aplicar fue 'el poder del todavía'. Suena a cliché de autoayuda, lo sé, pero en la práctica es un cambio de sintaxis mental radical. En lugar de decir 'no puedo bajar rápido por este tramo técnico', empecé a decir 'todavía no tengo la técnica para bajar rápido aquí'. Este pequeño matiz abre una puerta al aprendizaje en lugar de cerrarla con un candado de fracaso.
Recuerdo una mañana de neblina en julio, de esas donde el Tungurahua se esconde por completo. Estaba intentando un ejercicio de respiración consciente que proponía el curso mientras encaraba una subida llena de raíces. Me concentré tanto en la inhalación que perdí el foco en el terreno y terminé tropezando estrepitosamente. Me quedé ahí tirada, con el olor a tierra mojada y ceniza volcánica antigua impregnado en la ropa mientras ajustaba el cordón de mi zapatilla derecha con los dedos entumecidos por el viento paramero. En otro momento, me habría insultado. Esa mañana, simplemente anoté en mi mente: 'Todavía me cuesta coordinar la respiración con terrenos inestables'. La frustración se disolvió mucho más rápido.
Si estás empezando y sientes que la montaña te queda grande, quizás te sirva leer sobre cómo entrenar la paciencia en el running para no frustrarse al inicio. La paciencia es, en esencia, la aplicación práctica de la mentalidad de crecimiento.
El factor hormonal: la pieza que falta en los manuales
Aquí es donde mi experiencia se desvía de lo que suelen decir los gurús del rendimiento. Hace un par de semanas, noté que ni el 'todavía' ni la mejor lista de reproducción me ayudaban. Estaba agotada, mis articulaciones dolían más de lo normal y la recuperación me tomaba días en lugar de horas. Como mujer de 38 años, empecé a notar que mi ciclo y los cambios hormonales que se avecinan (perimenopausia) estaban dictando las reglas del juego.
La mentalidad de crecimiento estándar a veces peca de ignorar la fisiología. Te dice que con esfuerzo todo se logra, pero la realidad es que los cambios hormonales reducen drásticamente la capacidad de recuperación. Si aplicas un esfuerzo constante sin ajustes, no obtienes crecimiento, obtienes una lesión. Aprendí que la mentalidad de crecimiento para una corredora de mi edad no es solo 'correr más', sino 'aprender a escuchar mejor'. Tuve que aceptar que mi progreso no sería una línea recta ascendente, sino una curva que respeta mis descansos. En esas semanas donde el cuerpo dice no, el curso de Nutrición Deportiva me ayudó a entender que la fatiga mental a menudo venía de no estar alimentando bien mis nuevas necesidades hormonales.
Para quienes trabajamos frente a una pantalla todo el día, este cansancio se duplica. A veces el bloqueo no es físico, sino pura saturación digital. He escrito antes sobre la gestión del estrés para corredores aficionados que trabajan como freelance, porque entender que tu trabajo de oficina afecta tus piernas es parte de esa mentalidad de aprendizaje constante.
De quejas a registros de aprendizaje
Mi diario de entrenamiento, que antes era una lista de tiempos mediocres y quejas sobre el clima de Ambato, se ha transformado. Ahora registro qué técnica mental probé y cuál falló. Por ejemplo, la visualización me resulta incómoda; me siento ridícula imaginándome cruzando una meta cuando solo estoy tratando de no jadear en una cuesta. Sin embargo, el anclaje sensorial (enfocarme en el tacto de mis pies sobre la piedra volcánica) me funciona de maravilla.
La mentalidad de crecimiento no se trata de ser optimista todo el tiempo. Se trata de ver cada entrenamiento, incluso los que terminan antes de tiempo porque empezó a granizar o porque simplemente no tenías ganas, como una fuente de datos. Si un día fallas, no es porque seas una 'mala corredora', sino porque ese día las condiciones (internas o externas) superaron tus herramientas actuales. Y las herramientas se pueden comprar, entrenar o ajustar.
Al final del día, sigo siendo una corredora amateur lenta. No voy a ganar ninguna carrera en el Tungurahua, pero he recuperado el placer de estar allí. Si sientes que tu cabeza es tu mayor obstáculo, te recomiendo echar un vistazo al programa de Entrenamiento Mental Para Deportistas. No es una solución mágica, pero te da una estructura para entender por qué te detienes cuando tus piernas todavía podrían seguir. A mí me tomó ocho meses entender que mi potencial no era un techo, sino un sendero que todavía estoy aprendiendo a recorrer. Habla con tu médico antes de cambiar radicalmente tu carga de ejercicio, especialmente si notas que el cansancio es inusual, y recuerda que cada kilómetro cuenta, incluso los que caminas.