
La ceniza suelta cede bajo la zapatilla derecha antes de que la vea venir, y durante una fracción de segundo el sendero de Pondoa desaparece detrás de un pensamiento que no tiene nada que ver con dónde estoy pisando. Llevo los ojos clavados en cada piedra, cada raíz, cada grieta del terreno técnico que sube por las faldas del Tungurahua, tensa como si un segundo de distracción fuera a mandarme cuesta abajo. Es la misma trampa en la que caí durante años en el trail running en Ecuador: creer que la atención focalizada, sostenida al máximo desde la salida hasta la meta, es lo que separa a quien baja bien terreno técnico de quien se cae.
Es mentira, o al menos una verdad a medias que se repite tanto entre corredores que nadie la cuestiona. La atención no es un interruptor que enciendes al bajar de la camioneta y apagas al llegar a la meta: es un recurso que se gasta, y si lo quemas entero en el primer kilómetro de tierra plana, no te queda nada cuando el sendero realmente lo exige. La regla que uso ahora es simple: guardo la atención dura para los metros donde el terreno cambia de verdad y suelto el control en todo lo demás.
El mito de la concentración total que casi me saca del sendero
Durante mis primeros años corriendo el Tungurahua asumí que la psicología deportiva amateur funcionaba igual que el entrenamiento físico: más esfuerzo, mejor resultado. He corrido tres veces la distancia estándar de media maratón de 21.0975 kilómetros y en ninguna de esas carreras el problema fueron las piernas. Uno de los cursos de Hotmart que revisé para este diario, con doce módulos bastante densos, fue el primero en nombrarlo con claridad: la atención sostenida sin pausa agota el sistema nervioso mucho antes que las piernas. Intentar estar al cien por ciento durante dos horas de trail es parecido a sprintar al máximo de pulsaciones desde el kilómetro cero — el cuerpo aguanta un rato, la mente no.
Antes de aceptar que el problema vivía en la cabeza, probé la ruta que me parecía más razonable: magnesio, B12, convencida de que el bajón de reacción en las bajadas técnicas era un tema físico que un suplemento podía resolver. No cambió nada en el sendero: los tropiezos seguían apareciendo en el mismo tipo de tramo, con las piernas descansadas y la cabeza en otro lado.
La atención focalizada sin pausa te agota antes de la bajada técnica
Lo que cambia el juego en el entrenamiento mental no es concentrarte más, sino aprender a alternar. El diálogo interno que llevas en la cabeza durante un ascenso largo —esas frases sueltas que te dices sin pensar, casi en automático— consume la misma reserva de atención que vas a necesitar en la bajada técnica, así que si la gastas toda subiendo, llegas vacía al tramo donde realmente importa. Y la fatiga mental no se siente igual que la fatiga física: puedes tener las piernas frescas y aun así reaccionar tarde porque la cabeza ya decidió que había trabajado suficiente por hoy.
Nada de esto tiene que ver con la motivación general que te empuja a salir de la cama un sábado — esa es otra conversación, la de la motivación intrínseca, que decide si sales o no, no cómo reaccionas ya en el sendero. Tampoco es cuestión de tener un ritual fijo antes de calentar: una rutina de enfoque previa al entrenamiento ayuda a llegar con la cabeza despejada, pero no reemplaza lo que pasa cuando el terreno se pone difícil y la altitud empieza a pesarte en la concentración tanto como en los pulmones — eso ya lo había anotado en preparación mental para subidas exigentes, aunque ahí el problema era subir, no bajar.
Mirar más allá de la punta de las zapatillas
Frente a una bajada de lodo suelto el cuerpo reacciona antes de que la cabeza logre organizar nada: el corazón golpea, y cuando el ritmo sube demasiado rápido en la subida previa aparece ese sabor metálico en la boca que ya conozco, la señal de que estoy forzando más de lo que el tramo pide todavía. Mi tendencia natural era mirar directamente los pies, procesando cada milímetro del suelo suelto. Lo que de verdad cambió algo fue lo contrario: buscar un punto de anclaje visual unos metros adelante y dejar que la propiocepción —ese sentido que ubica tu cuerpo sin que lo mires— haga el trabajo fino. Es un acto de fe raro para quien pasa el día frente a una pantalla revisando cada detalle de una interfaz, parecido a la calma que describía cuando escribí sobre los beneficios de correr por salud mental para trabajadores remotos estresados. Antes probaba visualizar la bajada completa antes de arrancar, una técnica que ayuda más a calmar la ansiedad antes de una carrera que a resolver lo que pasa segundo a segundo ya dentro del terreno técnico.
Nombrar cada obstáculo en voz alta
Bajando por una arista expuesta con el olor a ceniza húmeda mezclado con eucalipto, la ansiedad empezó a subir hasta un punto que reconozco como el muro psicológico que aparece a mitad de carrera, ese momento en que la cabeza quiere frenar aunque el cuerpo todavía pueda seguir. Recordé un ejercicio de uno de los módulos del curso: nombrar los obstáculos en voz alta. Raíz a la izquierda, piedra suelta, apoyo firme en el lodo — palabras simples, casi ridículas, dichas en voz baja cuando hay otros corredores cerca para que no piensen que el mal de altura me afectó. Al nombrar el obstáculo lo conviertes en un dato técnico que pide una respuesta motora, no en una amenaza abstracta que paraliza.
Margarita Quishpe, que corre con el grupo desde hace mucho más tiempo que yo, me escuchó murmurando nombres de piedras en una bajada del Tungurahua y se rió, pero después admitió que hace algo parecido sin haberlo aprendido en ningún curso. El miedo en un sendero técnico casi nunca es miedo a caer: es miedo a no reaccionar a tiempo, y nombrar el obstáculo le da a la cabeza algo concreto que resolver en lugar de girar en pánico. Ese foco puntual, pegado al metro de terreno que tienes justo enfrente, es distinto del estado de flow del que tanto se habla en el trail — ahí no hay piloto automático, hay atención dura y localizada.
Lo que no funcionó (y lo que sigo sin resolver)
En el kilómetro nueve del sendero de Pondoa, bajo una llovizna fina que no dejaba de calar la chompa, noté algo que no esperaba: la voz que normalmente pide parar simplemente no había aparecido en todo el tramo. No hubo revelación ni cambio dramático, solo el hueco de una costumbre que dejó de estar ahí. Los días en que arrastro al sendero el estrés de una entrega de UX sin resolver, esa carga mental del trabajo se nota más en la falta de reacción que en el cansancio de las piernas — la cabeza sigue en la bandeja de correo aunque el cuerpo ya esté sobre raíces expuestas. Y hay algo más que dejé de hacer: comparar mi ritmo o mi técnica con la de otros corredores del grupo o de redes sociales, esa presión externa que antes me hacía forzar tramos para los que no estaba lista solo porque alguien más los pasaba corriendo.
No toda salida ha sido un ejemplo perfecto de la teoría. Hay mañanas —más de una— en que ninguna técnica de atención funciona: el café no cayó bien, dormí mal, y la voz que pide volver a la cama es más fuerte que cualquier punto de anclaje visual. En esos días he aprendido que forzar la parte mental sirve de poco si el cuerpo no tiene la base, y que no soy profesional de esto, solo una amateur que va llevando estas notas por curiosidad, no por título. Si el miedo o la falta de motivación en el sendero se sienten como algo que te supera en el día a día, ahí ya no alcanza con nombrar piedras: vale más hablarlo con un profesional de salud mental.
Nathaly Chiriboga, un contacto de la comunidad UX ecuatoriana que se volvió lectora habitual de este blog, me manda de vez en cuando artículos de psicología pop con frases motivacionales genéricas, y los uso más como recordatorio de lo que no quiero escribir aquí que como inspiración.
La atención en terreno técnico no se entrena repitiendo frases bonitas: se entrena decidiendo, tramo por tramo, cuándo mirar fijo y cuándo soltar la mirada, cuándo nombrar el obstáculo en voz alta y cuándo dejar que el cuerpo responda solo. Esa es la corrección real al mito de la concentración total: no se trata de más esfuerzo mental, sino de esfuerzo mental puesto exactamente donde el sendero lo necesita.