
De día, la laguna de Pisayambo es agua quieta y un sendero que conozco casi de memoria. De noche, es un lugar distinto que mi cabeza rellena con formas que no existen. Llevo tres medias maratones corridas desde 2023, entrenando estos 21.0975 kilómetros bajo el sol de la sierra, y aun así el miedo a correr trail de noche por senderos me paraba en seco apenas se iba la luz. No era cansancio: era algo más cercano a la psicología deportiva que a la resistencia física, y como amateur del running en Ecuador me tomó tiempo aceptar que necesitaba entrenar eso también.
Antes de seguir: en este diario dejo enlaces de afiliado a un curso que compré y uso yo misma. Si entras por uno de esos enlaces y decides comprar, Hotmart me da una comisión y a ti no te cambia el precio. Soy escritora freelance, no psicóloga ni entrenadora certificada. Si la ansiedad se te sale de las manos en el día a día, esto no reemplaza hablar con alguien que sepa de salud mental de verdad.
El miedo no vive en las piernas
Esa tarde de finales de 2025 que más recuerdo fue una en la que me atrasé sin querer. El sol se cae rápido por aquí, tan cerca de la línea ecuatorial, y el páramo alrededor de la laguna dejó de sentirse conocido para convertirse en otra cosa. Me quedé quieta un momento. En una de las subidas más empinadas de esa misma noche noté ese sabor metálico en el fondo de la boca, señal de que el corazón iba más rápido de lo que la cuesta pedía -- no por el esfuerzo esta vez, sino por lo que mi cabeza estaba inventando sobre cada sombra.
Lo absurdo es que mis piernas sabían exactamente qué hacer. Los pulmones ya estaban acostumbrados a entrenar cerca del Tungurahua, que marca el paisaje desde Ambato con sus 5023 metros en los días despejados, pero mi cabeza había perdido la referencia del horizonte y no sabía qué hacer con eso. Para quienes cargamos con algo de ansiedad generalizada, la oscuridad no es solo falta de luz -- es que cada sonido se amplifica y cada sombra parece más sólida de lo que es en realidad.
Mi primer intento de arreglarlo fue comprar un frontal carísimo, de esos que prometen convertir la noche en día. Fue un fracaso rápido de aceptar: la luz era tan fuerte que armaba un túnel blanco justo adelante y apagaba toda la visión periférica, así que todo lo que quedaba fuera de ese haz parecía todavía más oscuro. Ahí entendí que el problema no estaba en el sendero, sino en cómo mi cabeza procesaba lo que no podía anticipar.
Los podcasts no me duraron ni tres kilómetros
Con esa idea en la cabeza busqué algo más estructurado que simplemente iluminar más fuerte. Así llegué al programa Entrenamiento Mental Para Deportistas, uno de los pocos en castellano que trata la concentración y el manejo de mesetas como algo entrenable, no como un rasgo de personalidad que tienes o no tienes.
Antes del curso, mi solución casera era escuchar podcasts de motivación general antes de salir a correr -- de esos con música dramática y frases sobre superarte a ti misma. Funcionaba de camino a la laguna, en el carro. En el sendero, el efecto se acababa en los primeros tres kilómetros, casi siempre justo cuando el camino se ponía cuesta arriba y necesitaba algo más que ánimo prestado. Para la semana 2 ya lo había dejado del todo: la motivación general no está mal, solo que no aguanta el momento exacto en que aparece el miedo.
Semana 8 - 24 de marzo: el desvío que tomé sin pensarlo
Para la semana 8 ya había vuelto varias veces a la laguna de noche. No fue una revelación grande ni un antes y un después: fue un momento pequeño. Iba subiendo una de las cuestas más largas del camino cuando mi cuerpo giró hacia la izquierda sin que yo lo decidiera -- el desvío correcto, el que evita la parte suelta de piedra -- y solo unos metros después me di cuenta de que ni siquiera había dudado. Nadie me lo señaló. No lo pensé. Simplemente pasó.
Iliana, mi amiga de la universidad, me escribe casi todos los viernes preguntando cómo está el sendero para el fin de semana, aunque ella no corre ni piensa empezar; creo que le gusta seguirlo desde la distancia. Ese viernes le conté lo del desvío y me dijo que sonaba a algo pequeño. Tiene razón. Pero los avances mentales casi nunca llegan con música de fondo -- se parecen más a hacer la fila del banco a fin de mes sin sacar el celular ni una vez: nada dramático pasa, y aun así algo cambia en cómo lo aguantas.
Escribo casi todo esto en la mesa de la cocina, con el cuaderno de entrenamiento abierto junto al portátil, donde las pestañas de Hotmart se mezclan sin orden con archivos de proyectos de UX que debo entregar. Por la ventana pequeña se alcanza a ver un pedazo del Tungurahua los días que amanecen despejados, y el café que me preparo antes de escribir casi siempre se enfría antes de que termine la primera página. Esa mezcla entre el trabajo freelance y el entrenamiento mental para correr ya la había explorado cuando escribí sobre mejorar el rendimiento mental entre el trabajo freelance y el trail running, y cada vez que vuelvo al tema encuentro algo distinto.
Lo que sí funcionó cuando el sendero se apaga
De ese mes largo de entrenamiento con el curso me quedaron cuatro cosas que sí funcionaron, en el orden en que las fui aprendiendo. Dejar de buscar el sol artificial fue la primera: una luz media, no la más potente, deja que los ojos se acostumbren un poco a la penumbra y devuelve algo de visión periférica que el haz blanco tapaba por completo. La segunda fue el anclaje del terreno -- repetirme que el suelo bajo mis pies es el mismo que piso de día, y confiar en que los pies reconocen las piedras aunque los ojos no las detallen. La tercera tuvo que ver con el sonido: al principio correr sin música me daba pánico porque escuchaba todo, y los podcasts, ya sabemos, no aguantaban ni el primer tramo cuesta arriba; lo que terminó funcionando fue el silencio o, como mucho, algo instrumental muy bajo que me dejara presente sin taparme los oídos del entorno. La cuarta fue avanzar de a poco de verdad: empezar corriendo al atardecer y dejar que la noche me alcanzara cuando ya solo faltaban 500 metros para el carro, luego un kilómetro, luego dos, hasta que la oscuridad dejó de ser el punto donde el entrenamiento se rompía.
Doménica, que corre un escalón más rápido que yo en el mismo grupo de trail, me avisa por WhatsApp cuando el sendero amanece en mal estado después de una noche de lluvia -- ese aviso vale más que cualquier pronóstico del clima que revise antes de salir. También noté, repasando mis propias notas, que la fatiga mental se dispara más rápido en las semanas en que como mal; eso quedó apuntado cuando escribí sobre nutrición para la claridad mental en carrera, aunque ese cruce merece su propio espacio y no quiero mezclarlo aquí con el tema del miedo nocturno.
Con los meses he ido separando cosas que antes metía en una sola bolsa llamada "cabeza". El diálogo interno que aparece subiendo una pendiente de día no es igual al que aparece con la linterna apagada. La fatiga mental y la fatiga física se sienten parecidas al principio, pero se distinguen si les prestas atención un rato largo. La motivación que me saca de la cama los sábados no depende de premios ni de una fecha de carrera marcada en el calendario, sino de algo más difícil de nombrar. Antes de salir tengo una rutina corta para enfocarme que no tiene nada que ver con lo que hago para dormir. Cómo como en los días previos también cambia cómo pienso durante la salida, aunque ese cruce merece su propio texto en algún momento. La visualización que uso antes de una carrera larga con dorsal no es la misma técnica que uso para un sendero nocturno cualquiera de rutina. Los nervios de antes de una carrera oficial se sienten distintos a los nervios de un martes cualquiera en la laguna. Entrenar cerca de la altura de Ambato le suma una capa extra de exigencia mental a cualquier sesión, algo que noto sobre todo en las cuestas largas. El bloqueo que aparece a mitad de una carrera larga tampoco es igual al que sentía yo parada en la oscuridad. El tramo técnico de un sendero de noche exige un tipo de atención muy distinta a la que necesito solo para sostener el ritmo en un tramo parejo. Y hay noches -pocas, pero las hay- en que ese esfuerzo consciente desaparece y todo encaja, como si el tiempo dejara de ser algo que se mide.
Entrenar la mente igual que entrenas las piernas para el trail nocturno
Llegué a la laguna esta última vez con niebla cerrada, de esas que casi no dejan ver dos metros adelante. Meses atrás eso habría sido el final del entrenamiento antes de empezar. Esa noche puse en práctica lo que había estado ejercitando con el programa Entrenamiento Mental Para Deportistas: la respiración, el contacto de los pies con la tierra volcánica, la calma que no viene sola sino que hay que ir a buscarla.
No corrí rápido -- de hecho fui bastante lenta. La meta esa noche no era el cronómetro sino terminar sin quedarme paralizada a medio camino. Completé la ruta de 8 kilómetros disfrutando el silencio, algo que meses atrás me habría parecido imposible. Si tus piernas responden pero tu cabeza te frena antes de salir, la lección que me llevo de estos meses es simple: entrenar la cabeza pide la misma constancia aburrida que entrenar las piernas, no una sola sesión de inspiración. Si quieres revisar los módulos de concentración y manejo de ansiedad que yo usé, puedes verlo aquí: Programa de Entrenamiento Mental Para Deportistas.